Entrevista de http://www.tenfieldigital.com.uy \\r\\n

Escribe Joselo G. Olascuaga

Fotos: Fernando González

 

El hombre que está ante mí tiene 81 años y, por sus reflejos, movilidad, elasticidad y lucidez está para jugar al fútbol perfectamente. Sin embargo se retiró a los 31, cuando volvió de Italia, porque consideró que ya no tenía la velocidad necesaria para jugar en el fútbol de hoy. Pensó dar una mano a su cuadrito (La Viola, del que sigue siendo hincha concurrente a los partidos) pero con una sinceridad brutal, cuando vio los baños de la cancha, que en aquel entonces eran para los dos equipos y para el público, le dijo a Luis Franzini que prefería retirarse.

Cuando fue a jugar al Bologna, transferido por Defensor, en 1949, era el primer uruguayo no descendiente de italianos que llegaba a la península...

"El año anterior le había ganado al Inter, en el San Ciro y en la piscina con burbujas de sales, a la que tirabas para el baño reparador, le había agregado las burbujas del champagne", me dice, en su hermosa casa de la calle 9 de Junio, a una cuadra de la rambla y a dos de Plaza de los Olímpicos, la que compró en 1961, con lo que se trajo de Italia.

Me fui en un avión de Scandinavian y tardé dos días en llegar a Ginebra. No llegaba nunca. Hicimos escala en Río, en Pernambuco, en Recife y en Dakar. Todo en un bimotor. Cuando llegué a Ginebra mandé un telegrama a Bologna avisando la hora en que el vuelo llegaría a Roma. Pero en lugar de poner "Bologna Calcio" puse "Bologna Alasio" y el telegrama no llegó nunca. Después me enteré que Alasio se llama una ciudad cercana a Verona.

Parecería cierto eso de que todos los caminos conducen a Roma, porque el aeropuerto de Ciampino era una galería de nacionalidades. Me bajé del avión y me mezclé en la multitud. Veía pasar tipos con turbantes, con túnicas, mujeres con velos. Todos apurados pero sabiendo adónde ir. Yo no lo sabía. Y por lo visto nadie estaba esperándome.Me acerqué a un funcionario del aeropuerto y señalándome el pecho le grité:

-¡García!, ¡Fútbol!

Y le hacía como que pateaba una pelota. El tipo habrá pensado "¿Este indio quién es?". Yo andaba con un sombrero panamá, de paja, hecho en Ecuador, con un abrigo de piel de tiburón, un traje que me había comprado en Brasil con los pantalones que me llegaban al pecho y la corbata por adentro del pantalón y unos buenos zapatos uruguayos que desentonaban con la sofisticación del resto del vestuario. Me pasé gesticulando y haciendo mímica de pegarla a una pelota, ante varios funcionarios, hasta que apareció uno que dijo:

-Ma cuesto e García. ¡Chiammame allo coronello Renato Dalara!

Resulta que Dalara, el presidente del Bologna, tenía un hermano en Roma que era coronel mutilado de guerra, que había llamado al Ciampino para averiguar en qué vuelo llegaba García. Y había dado mis señas, un futbolista sudamericano de veintitrés años. Así que lo llamaron y al rato apareció el coronel en un autazo con chofer. Venía cargado de medallas y le faltaba un brazo. Me llevó a su casa, una mansión, y me dio de comer los primeros vermicelli a la italiana que me mandé. Yo no los conocía. Eran unos fideos largos que para terminar de engullirlos tenía que soplar y me quedaban colgando de los labios, enchastrándome el mentón. Entonces el Coronel me dijo: " cosí non si manya". Y me enseñó a enroscarlos en el tenedor ayudándome con la cuchara. Después me paseó por toda Roma. Me llevó a conocer el Coliseo, los museos, la Fontana de Trevi, el fasto del Vaticano, que me impresionó por la cantidad de oro que ostentaba, los laberintos de las catacumbas de la Via Appia, tan intrincados y oscuros, que si al guía se le apagaba la vela no salíamos más a la superficie, moríamos ahí enterrados. Al final me puso en un tren con destino a Bologna. Yo quería que me acompañara alguien, pero me dijo que no me preocupara, que en Bologna me estaban preparando un gran recibimiento y era sólo cuatro horas de viaje.

-Falta mucho para llegar a Bologna -les preguntaba a cada rato a los que estaban cerca mío. Tenía miedo de pasarme y terminar perdido como en el aeropuerto.

En Bologna me estaba esperando un pueblo. Había uno que hasta hablaba "uruguayo", "el Chivo" Andreolo, que fue campeón del mundo con Italia en el 38. Los primeros tiempos en Bologna me fui a vivir con él. Después me dieron un apartamento, me pagaban una empleada; viví como un César. Si tocaba jugar en el San Siro, después en los vestuarios me tiraba a la pileta con burbujas y era el súmmum.

Pero mirá que al principio no las tuve todas conmigo.

El día de la primera práctica llovió a cántaros. Yo desconté que se suspendía. Hice lo que hacía en Montevideo en una ocasión así. Al día siguiente todos los diarios italianos titularon "Bologna spetta a García e García e al cinema". Parece que habían hecho una gran promoción de mi primera práctica y quedó una multitud en el estadio, bajo lluvia, esperando para verme. Entonces Sansone, que fue el empresario que me llevó (fui el primer uruguayo en llegar al fútbol italiano después de la guerra), me explicó que ahí tenía que ir a entrenar con lluvia, con niebla, con nieve, como fuera. Recién ahí me di cuenta lo que es el profesionalismo en serio. Pero no me arrepiento. Vi Ladri di biciclette, de Vittorio De Sica, con Aldo Fabrizi, que en el 54 fue a Bologna a filmar Hanno rubato un tram y me hizo salir en la película. Nos hicimos amigos. Tengo fotos con él, yo subido al techo del tren y como Frabrizi hacía también teatro de variedades y de revista, como Walter Chiari, un gran cómico que era amigo de nuestro centro jás, Mesagri, y practicaba en joda de golero con nosotros, me invitaban al teatro. Una vez me topé con Sofía Loren y varias con Lawanda Osiris, la mejor vedette italiana de todos los tiempos, ¡no sabés lo que era bajando la escalera! Una cadencia, una voluptuosidad . Y yo la miraba de abajo. En fin...

Al segundo partido amistoso me lesioné, un italiano me llevó la pierna y me embromé la rodilla. Se pensaron que había ido lesionado desde acá. El Presidente me miraba preocupado. Pero cuando me recuperé y agarré continuidad de hacer buenos partidos, comprendieron con alivio que habían hecho una buena inversión.

En el equipo había dos daneses, Pilnark y Gelsen y el tercer extranjero era yo. Los daneses siempre fueron formidables jugadores; no es de ahora. En la Juve había tres, Jon Hansen, Karl Jansen y Prais. En la Roma estaba Broné cuando llegó Ghiggia. Y cuando Schiaffino llegó al Milan tenían tres suecos que la rompían. Yo creo que el fútbol italiano de esa época era más fuerte y había más cracks italianos que ahora. Cada equipo tenía seis o siete italianos que eran estrellas.

Para las vacaciones del 51 volví a Montevideo en el crucero Giulio Cesare y en el puerto me estaba esperando la hinchada de Defensor con los tambores. Me regalaron un faro de oro iluminado con brillantes y un banderín de seda y me hicieron entrar a la cancha en un partido contra Liverpool para homenajearme. Son satisfacciones enormes, como que don Luis Franzini haya puesto un retrato mío en la concentración de los jugadores, o que el Presidente Luis Batlle me haya dado audiencia agradeciéndome el trabajo de corresponsal para el diario Acción.

Yo les traje de regalo a los muchachos de Defensor un juego de camisetas italianas que en verano, pobres, transpiraban como locos porque eran camisetas térmicas.

Siempre que vine de vacaciones fue en cruceros, el Vía Comento, el Provence y el Augusto Compte Grande. En el 53 llegué en verano y Nacional me contrató para jugar con el Alianza de Lima. Perdíamos dos a cero, el Manco Castro me hizo entrar en el segundo tiempo y ganamos tres a dos.

En Italia jugué ocho años, siete en el Bologna y uno en el Atalanta de Bérgamo. ¿Te imaginás si me hubiese tocado en esta época? Con ocho años de titular en Italia hoy podés hacerte multimillonario en euros. Pero en aquella época también hacías la diferencia. Cuando vine me compré esta casa en el barrio de Los Olímpicos, y esta calle se llama 9 de Junio porque fue la fecha del triunfo en Amsterdam.

Cuando me vine definitivamente en el 57 fue en el Provence. Al pasar el Ecuador se hacía la fiesta de Neptuno, una noche de gala por haber traspasado lo que consideraban la zona más peligrosa en altamar, en realidad una buena excusa para comer y tomar de tal manera que después te podías morir tranquilo comido por los tiburones. Esa noche en el Provence tuvo un sabor muy especial, porque en el crucero venían Vittorio Gassman y Diana Torrelli para hacer La Viuda Alegre en el Solís. Era la época en que el mejor actor del mundo venía a trabajar a Montevideo.

Cuando llegué quise colaborar con mi cuadro, la violeta, pero al ir a los vestuarios y ver el baño, que era para todo el estadio, para los sesenta jugadores de reserva y primera, los jueces y también los hinchas, decidí decirle a don Luis que no. No podía. Ese mismo año había jugado en el San Siro contra el Inter y contra el Milan y les había ganado. Al Inter con el Atalanta le ganamos dos veces. Le estábamos ganando tres a cero en el San Siro faltando cinco minutos para terminar el partido y bajó tanto la niebla que no se veía de un arco a otro. Entonces el juez lo suspendió. Pero en Italia cuando se suspende hay que jugarlo de nuevo y empezando de cero a cero. Un disparate. Nos queríamos morir.

Pero les volvimos a ganar, esa vez dos a uno.

Desde el 44 al 49, fui codiciado por Peñarol, Nacional, Boca y River. Pero en aquel entonces la asamblea de socios de Defensor debía refrendar la transacción y nunca quería que me vendieran.

Cada año se llenaba de autos la calle de la sede. Bocinas y aglomeración de gente. Había que estacionar a diez cuadras por Jaime Zudáñez hasta la plaza Gomensoro. La directiva trataba mi pase y los periodistas venían a informarme de la resolución de la asamblea y a reportearme. Me hacían esperar la información en las redacciones.

Desgraciadamente para mí, la asamblea terminaba diciendo que no.

Hasta que vinieron los italianos...

Entonces fui a hablar con el Presidente. Yo era un pibito pobre, mi madre era cocinera, mi padre motorman del tranvía, y los italianos me daban treinta mil pesos de prima; en esa época con tres mil quinientos, cuatro mil, te hacías una casa.

-Mire, Don Luis -le dije al presidente Franzini-, esta vez la cosa es así: o me venden a Italia o no juego más al fútbol.

-¿y cómo hago para convencer a la gente? Porque este pase tiene que refrendarlo la asamblea.\\r\\n

-Expliquelés. Yo tengo familia. Tengo que pensar también en ellos. Quiero casarme, comprar una casa. Es mucha plata.

Mi novia no lo podía creer, "¿en serio te van a dar toda esa plata, José?

-Por favor -dije yo-, esta noche no duermo.

Y no dormí.

Esa noche me llevaron a un diario para esperar la resolución de la asamblea y hacerme la nota enseguida. No me acuerdo si era El Día o cuál, porque siempre me llevaban a alguno y al final yo terminaba lamentándome.

Una vez me habían llevado a hablar con el cónsul boquense, escribano Pampín, y los xeneises oficializaron la oferta. Pero también la rechazó la asamblea. Otra vez Peñarol me ofreció cinco mil pesos. Pero esta vez los italianos me ofrecían treinta.

-¡Bologna!

Así que tuvo que convencer a la gente construyendo, con los noventa mil pesos que les dieron a ellos, un formidable gimnasio cerrado, el que está todavía ahí, en Jaime Zudáñez.

¡Treinta mil pesos! Una fortuna. Me acordaba de los primeros tres pesos que gané, por estar de suplente de la reserva.  

Yo nací en Pocitos, en Buxareo y 26 de marzo. A los ocho años nos mudamos a Acevedo Díaz y Rivera. En Acevedo Díaz y Palmar había un terreno propiedad de los hermanos Fígoli, donde Raúl Sarro enseñaba a los pibitos a pegarle a la pelota. Sarro fue un brillante número cinco de Defensor, de imponente presencia física y gran dominio técnico. Con él aprendí ahí los primeros fundamentos y le tomé el gusto al fútbol. Pero más me gustaba el básquetbol. Jugaba en los menores del Velsen, donde jugaron García Otero y Macoco Acosta y Lara. Pero un domingo, los muchachos de la Médica Uruguaya -donde yo trabajaba lavando pisos-, me llevaron a jugar un partido de fútbol entre nosotros y les gustó tanto cómo jugaba que me dijeron por qué no iba a una cancha que había en la calle Victoria (hoy Duminioso Terra) y Ana Monterroso (antes Carapé), donde había práctica de aspirantes para la cuarta de Defensor.

El que dirigía la práctica era Cacho Vázquez, que jugaba en el primero y Defensor lo había puesto para que eligiera jugadores e hiciera de veedor y de juez en esos partidos de aspirantes. Porque ese año 1941 iba a hacerse por primera vez el campeonato de Cuarta. Antes sólo había primero y reserva. A mí me eligió enseguida y cuando armamos el cuadro me puso de capitán. Yo tenía catorce años y en aquella época me pagaron los tres primeros pesos de mi carrera por estar de suplente de la reserva en un partido contra River Plate en el Saroldi. De mañana había jugado en la cuarta y de tarde fui al Saroldi. Al otro día el Velsen jugaba la final contra Welcome y los obligaron a que yo no jugara por profesional. Había un reglamento que prohibía a los que eran profesionales en otros deportes, jugar al básquetbol en torneos oficiales. Por los tres pesos que cobré en el Saroldi me inhabilitaron para la final. Así que me dediqué de lleno al fútbol.

En el 43 salimos campeones de cuarta división (Defensor fue el primer equipo chico en ganar un campeonato de juveniles) y al año siguiente debuté en primera con dieciséis años. Casualmente también frente a River (lo mismo que en cuarta), pero en el Parque Rodó. Fui titular todo el año y la prensa me consideró la revelación de la temporada. En el 45 debuté con la selección en el Sudamericano de Chile. Jugábamos: Máspoli, Pini y Prado; Gambetta, Obdulio Varela y General Viana; Ortiz, yo, Atilio García, Porta y Zapirain. Martino le hizo un golazo a Máspoli y Argentina nos ganó uno a cero el partido decisivo.

En el 47 gané con la celeste la copa Barón de Río Branco, y el 25 de mayo del 48, en la cancha del Globito, derrotamos a Argentina dos a cero, obteniendo la copa Perón. Argentina tenía un cuadrazo: Gozzi, Salomone y Sobrero; Sosa, Pipo Rossi y Pozzi, Boyé, Moreno, Pedernera, Martino y Bauzico. Tuvieron que pasar cuarenta años para que Uruguay volviera a ganarle a Argentina de visitante. El maleficio se rompió recién en la Copa América del 87.

Cuando terminó aquel partido, Perón entró a la cancha con Evita y nos entregó una medalla de oro rubricada por él, a cada jugador uruguayo. Pero se negó a entregar la copa de plata y oro -impresionante- al Círculo de Periodistas del Uruguay, que junto a su similar argentino había organizado el torneo. Eso provocó la ruptura de relaciones a nivel de fútbol oficial entre Uruguay y Argentina por siete u ocho años, hasta que la copa fue entregada en 1956 y hoy está en la sede del Círculo.

Después fui a Italia y cuando volví no jugué más. Tuve un pasaje como técnico. Dirigí la selección de Paso de los Toros.

En un partido contra Salto vi jugar a un cinco salteño fenomenal, el Tito Goncálvez. Se lo comenté a Marcelino Pérez. A los pocos meses, Goncálvez pasó directamente a la selección nacional para jugar el Sudamericano de Lima. Pero yo veía que en Uruguay al fútbol se seguía jugando como antes, y en el mundo ya no se jugaba así. Era un fútbol de tortugas, de carretas. Yo en Italia había tenido que desprenderme de la pelota más rápido y había avanzado estudiando disciplinas tácticas. Pero cuando me hice cargo de la dirección técnica de Defensor en el 59 y dibujé la táctica en un pizarrón por primera vez en Uruguay, la gente me veía irónicamente. El Uruguay creía saberlo todo.

El nuestro se fue transformando en un fútbol cansino, anodino, lento, lateral, con demasiados cambios de frente, muy distante del fútbol del mundo que hoy la televisión nos enseña. Claro, la parte económica influye. Además el fútbol está bajo a nivel universal, se juega sólo a base física y las individualidades que aparecen las contás con los dedos de las manos. Uruguay tiene al Mono Pereira que para mí es el mejor ida y vuelta de la selección y tiene a Forlán que tiene todo lo que necesita un futbolista en la actualidad. Pero yo creo que se miente mucho en nuestro fútbol, hay varios que aparecen como crack y ya no pueden jugar.

Acá sigo religiosamente a Defensor, que este año hizo una campaña memorable, un campañón. Mereció estar en las semifinales de la Libertadores.

Allá abajo, a una cuadra corta, está el mar, la playa Malvín que cuando Loncha jugaba en Velsen era sitio de ranchos de amigos. El hombre que está ante mí tiene 81 años y hace tanto frío que dentro de su casa se ha puesto sobretodo, pero por su calidez y juventud, me ha hecho compartir la palabra, con un deleite similar al de las reuniones de amigos de alguno de aquellos ranchos de la costa.

dijo Franzini- Si al menos te fueras a la Fiorentina que tiene la misma camiseta que nosotros... Pero te prometo que haré lo posible, Loncha. Prefiero venderte directamente a Europa a que te lleven Peñarol o Nacional.

 

 

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